Soy responsable de lo que siento

marzo 21, 2018

Hoy quisiera hablarles de la responsabilidad. Es muy común hablar sobre este tema, todos sabemos lo importante que es la responsabilidad y por ello es uno de los valores más apreciados en nuestra vida. Ser responsable significa tener la capacidad de responder a nuestras obligaciones, es decir, al trabajo, a la familia y en general a los distintos compromisos que se nos presentan. Esto es aceptado socialmente y nadie discute acerca de su importancia, sin embargo, hoy les quisiera hablar acerca de la responsabilidad de nuestras emociones. ¿Seremos tan responsables con nuestras emociones así como lo somos con nuestras obligaciones cotidianas?

Generalmente todas nuestras acciones responden a una emoción, a cómo nos sintamos, a lo que estamos viviendo, a lo que nos gusta o disgusta, en fin, responde a nosotros mismos, a lo que somos.

Muchas veces en mi vida personal he tenido que detenerme, mirarme y decidir tomar otro rumbo. Debo confesarles que yo tengo la tendencia a ser en la intimidad una persona amargada, mal humorada, siempre usando la careta de estoy bien, ¿a ti te ha pasado? Lo normal cuando se siente amargura es negarla y, ella surge por las  expectativas que tengo siempre sobre los demás y sobre mí misma, pero sobre todo, sobre mí misma. Hasta que finalmente  un día me di cuenta de que no era feliz. Un día que comencé a ser testigo de mí misma, fue algo como sobrenatural que me sacó del escenario y me sentó en el público a observarme. Me sentí asombrada de ver mi amargura, de cómo me comportaba con los que más amo. No lo podía creer. Me dolió verme allí.

Fue entonces cuando decidí buscar mi propia felicidad. Me dije a mí misma que tenía que detenerme porque la amargura me había hecho mucho daño. Yo me había hecho mucho daño sirviendo a ella, ciega totalmente de mí misma, en la creencia de que yo era una persona agradable, en el engaño de lo que creía ser porque ahora sé que no soy la amargura, simplemente la he servido.

A partir de ese momento me sentí viva y empoderada, decidí creer y me sentí que yo podía parar el efecto tóxico de la enfermedad de la amargura. Y realmente considero que la amargura es una enfermedad del alma, porque tiene todos sus síntomas, comienza tímidamente y va ganando espacios hasta apoderarse por completo de mi cuerpo, de mis pensamientos, pero también del pensamiento y del cuerpo (porque las emociones se sienten en el cuerpo físico) de quienes están más cerca, de los que están en mi entorno, de aquellos que me acompañan, de los que más amo y a quienes no deseo jamás hacerle daño. ¿Es justo para ellos intoxicarse por mi enfermedad?

Un día comprendí que era injusto para mí y para los demás. Pedí ayuda sobrenatural en mi oración. A partir de allí decidí salirme de ese remolino de emociones inconscientes, decidí hacerme consciente, atenderme, mirarme y entender que debo ser responsable con mis emociones también. Escogí atenderme a mí misma, así como atiendo las llamadas telefónicas, así como llego puntualmente a las citas, así como cuando llevo a mi hijo al médico o cuando debo hacer alguna diligencia. El compromiso conmigo misma es tan importante como todos los demás compromisos que tengo.

Darme cuenta de mis emociones implica atenderme y entenderme.

Atenderme porque decido detenerme y observarme. Preguntarme:  ¿Por qué me siento así? ¿Qué está pasando que me está quitando el bien-estar? Y esperar mi respuesta. Darme el tiempo y la atención  que necesito.

Entender que mis emociones afectan mi relación con mi esposo, con mi hijo y con todo mi entorno. Entender que esto significó verme en perspectiva, mirarme a mí misma y reconocer mis debilidades, las de ahora y las del pasado, tratar de escudriñar en mí misma, enfocándome en descifrar el por qué de esta amargura de ahora, ver en qué momento dejé de valorarme,  en qué momento me aleje del bien-estar y perdonar esa mujer que fuí y aceptar mis debilidades y mis virtudes. Agradeciendo que ya no estoy en negación.

No sólo hablo de esta mujer que soy ahora, también hablo de la mujer que quiero ser, quiero aceptarme a mí misma y trabajar en mí misma, quiero ser una mujer feliz y eso no se consigue sin trabajo y sin consciencia. Es necesario responsabilizarnos por nuestra felicidad, hacerla posible desde la aceptación. No es una búsqueda en el futuro, es un actuar ahora consciente de mí misma y de lo que mis emociones generan en mí y en mi entorno.

Cuando veo en los demás reacciones que me afectan, debo revisarme, debo ver por qué estoy proyectando eso, por qué estoy fuera de foco. Cuando logro enfocarme acepto a los demás y me acepto a mí misma. Imaginemos un GPS que cada cierto tiempo tenemos que buscar la dirección a la que queremos llegar, así podemos escoger  ser, ajustarnos cada día, apuntarlo hacia nosotros mismos.

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