Sanar la autoestima. Un camino lleno de valor y aprecio

junio 3, 2021

Al cumplir un año de matrimonio, conocí lo que es la codependencia. En ese entonces era una profesional exitosa y dueña de una vida en la que mis metas de “ser feliz y plena”, al parecer, se habían cumplido. Solo que me di cuenta de que la insatisfacción continuaba dentro de mi corazón.

Decidí visitar a un psiquiatra que explicaba la codependencia de una manera magistral. Con bioenergética y terapia de reprogramación comencé mi camino de autodescubrimiento. Había alcanzado todo lo que quería, pero tener un hijo era algo que no podía controlar, la incapacidad de retener un embarazo por causas psicológicas (no físicas), me obligó a buscar ayuda en esta área.

Logré mantener la gestación que culminó saludablemente sin saber que en ese nacimiento se formaría un renacimiento personal. A los 4 meses de haber nacido mi hijo, recibimos la noticia de que tenía una lesión cerebral.

Así comenzó una etapa de autodescubrimiento. Había mucha culpa y resentimiento en mi corazón. Estaba convencida de que algo andaba mal conmigo.

Comencé a leer libros de autoayuda. Hice terapias alternativas con una psiquiatra y seguí conquistando logros, tanto individuales como familiares. 

Dios nos abrió las puertas de par en par para llegar a los Estados Unidos seis años después, en el año 1997. Fue cuando comenzó otra etapa difícil, a pesar de que había alcanzado una meta muy importante, la autoestima construida con base en mi profesión (logros y capacidades externas) se vino abajo. Ya no podía ejercer la abogacía y ni siquiera hablaba inglés. Tampoco podía demostrar los conocimientos sobre un tema o muchos temas. “Me cortaron las alas” y cada vez me hundía más y más en la depresión al sentirme incapaz, insatisfecha y sin esperanzas.

Me refugié en diferentes filosofías, estilos de vida, religiones y prácticas energéticas y espirituales y seguí en la psiquiatría. En las visitas al psiquiatra fui medicada para la ansiedad, la depresión, el insomnio y una aparente bipolaridad. A los 47 años tenía problemas emocionales y sentía tanto agobio y tristeza, que decidí conectarme con la energía del amor de Dios. Pero me faltaba algo. Me integré al cristianismo en 2004 y me entregué a buscar a Dios y su amor en las Escrituras e hice un curso de dos años en un Instituto reconocido en EE. UU. bajo la visión de John Wimber.

En esta área continuaba con los hábitos de conducta aprendidos desde mi infancia y de los cuales era inconsciente. No podía dejar de buscar la aprobación externa, era complaciente, enojona, bien disimulada, pasivo-agresiva, temía los conflictos y no los confrontaba; al contrario, hacía lo imposible para no crear problemas o malentendidos, porque después no sabía qué hacer con esa “papa caliente”.

Me sentía forzada a ayudar a otros a resolver sus problemas y ofrecía consejos que no me eran pedidos. Me sentía responsable de los sentimientos, pensamientos, acciones, necesidades y bienestar de otros. Era una situación insoportable.

También me costaba mucho expresar mis sentimientos, acumulaba para luego explotar y sentirme culpable. Los miedos aparecían y me paralizaban, esos miedos me llevaban a hacer lo que se me pedía sin poner límites, haciendo así feliz a los que me rodeaban y a sentirme presa de una frustración e insatisfacción tremenda.

Vivía enfocada en hacer feliz a los que me rodeaban, a entenderlos, a darles tiempo y a cuidarlos. No me daba cuenta de que lo que hacía por ellos era lo que yo quería hacer por mí y no podía. Me enfocaba en ser “buena” para ser feliz y terminaba frustrada en cada intento de amar al prójimo porque quería en el fondo una recompensa. Les exigía que me dieran aquello que yo no podía darme. Fue entonces cuando pude ver que el primer paso para amar a otros era amarme a mí misma, así que invertí el tiempo que dedicaba a los demás en cultivar mi autoestima, y en sanarla.

Llegar a este punto no ha sido fácil, todo lo contrario, ha sido una larga tarea con períodos de profundas depresiones y frustraciones en una búsqueda incansable de algo que necesitaba y no encontraba. Diez años después de haberme conectado con la energía del amor de Dios encontré a Pia Mellody y conocí su investigación sobre la autoestima insana, la codependencia y el trabajo del niño interior.

Estudiando a Mellody, pude amar mis partes oscuras, esas que justamente había tratado de ignorar a lo largo de mi vida, y eso me permitió liberar esa energía -estancada y descompuesta- que estaba muy dentro de mí y que siempre ignoré. Con las herramientas que obtuve de esta autora, pude reinventarme a través del amor y el autocuidado y, a partir de allí, comencé a nutrirme y protegerme.

Gracias a todo esto, hoy puedo decir que el amor es (para mí) la capacidad de nutrirme y protegerme, no sólo de los demás, sino de mí misma, a fin de crecer y madurar física, mental, espiritual y relacionalmente.

Después de un largo camino, me di cuenta de que amarme, apreciarme y valorarme era lo que tanto buscaba afuera. Ahora sé que estoy preparada para ofrecer a los demás lo que practico para mí misma.

De 2013 a 2017, me dediqué a sanarme de la mano de la terapeuta Kathy Sprinkle, quien me guio en la sanación y entendimiento del niño interior herido (percepciones almacenadas en el subconsciente que nos hacen reaccionar de la manera que lo hacemos).

En el transcurso de esta terapia, y bastante sanada mi alma, fui invitada a participar como consejera pastoral en el Healing Our Core Issues Institut, con Jan Bergstrom, LMHC y el Dr. Ricks Butts, en la ciudad de Cincinnati. El curso lo completé con éxito y pude comprobar, mediante las prácticas, que la sanación del alma trae consigo la sanación del cuerpo. El trauma (herida que causa el dolor del alma) se aloja en nuestro cuerpo y, al ventilar la causa, aprendemos a apreciar nuestra propia valía.

Lo cierto es que para sanar la mente y vivir con una nueva conciencia de acuerdo con nuestro amor propio, fue necesario sacar la energía estancada, entonces el cuerpo es liberado con la consecuente sanación. Cuando esta energía estancada sale, podemos conectar con la energía del amor que ha sido sepultada por las situaciones no resueltas que quedaron congeladas en nuestro cuerpo.

Hoy puedo decir que soy testigo de lo que comparto. Poder dejar de buscar migajas de amor que provienen de afuera, de los demás. Estas personas pueden ser buenas o tener buenas intenciones, pero no tienen lo que realmente necesitamos, que es amor incondicional. Debemos aprender a amarnos a nosotros mismos, cuidarnos, protegernos, nutrirnos viviendo el presente con lo que somos: lo cómodo y lo incómodo dentro de nosotros.

Conocerme y amarme totalmente fue mi meta al escribir el libro

Te animo a leer mi libro Autoestima. Búsqueda Interior. Claves para descubrirla y a compartirme tu experiencia.

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